ABROJOS - XLII

Tan alegra, tan graciosa,
tan apacible, tan bella...
¡Y yo que la quise tanto!
¡Dios mío, si se muriera!
Envuelta en oscuros paños
la pondrían bajo tierra;
tendría los ojos tristes,
húmeda la cabellera.
Y yo, besando su boca,
allá, en la tumba, con ella,
sería el único esposo
de aquella pálida muerta.

Rubén Darío, 1886



Abrojos (1887)  
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Incluido en Obras Poéticas Completas. Rubén Darío. Ordenación y prólogo de Alberto Ghiraldo. M. Aguilar - Editor. Madrid. 1937